DISFUNCIONES SEXUALES

 

Las disfunciones sexuales de las que vamos a tratar son las llamadas disfunciones psíquicas o psicógenas, que estadísticamente se producen en un número mucho mayor, que el de las posibles disfunciones orgánicas de los órganos genitales.

Tales disfunciones se presentan como impotencia, frigidez, eyaculación precoz, vaginismo, etc. La disfunción en este sentido podría describirse como una debilidad funcional del aparato sexual en el momento de realizar el coito con la pareja.

Al decir “funcional” nos referimos al hecho destacado de que los órganos en cuestión no presentan ninguna incapacidad orgánica, siendo el sujeto, hombre o mujer, capaz de mantener relaciones completamente normales en cualquier otra situación.

Lo que ocurre a los sujetos aquejados de impotencia psíquica es que los órganos ejecutivos de la sexualidad rehúsan su colaboración al acto sexual, no obstante aparecer antes y después perfectamente intactos, y a pesar de existir en el sujeto una intensa inclinación psíquica a realizar dicho acto. Es lo que popularmente se conoce como “gatillazo”.

El sujeto interpreta lo que le pasa por alguna cualidad del objeto sexual, sintiendo en ocasiones una especie de voluntad contraria, que se opone con éxito a sus intenciones. Perplejo acaba atribuyendo el primer fallo a una impresión “casual” y deduce equivocadamente que su repetición se debe a la acción inhibitoria del recuerdo de dicho primer fallo como una representación angustiosa.

Los casos de impotencia psíquica suelen presentarse en aquellos sujetos incapaces de desear a la persona que aman.

En estos casos se dice que no han llegado a fundirse las dos corrientes que aseguran una conducta erótica plenamente normal: la corrientes “cariñosa” y la corriente “sensual”.

En la elección de pareja sexual lo que se busca, en última instancia, la conjunción del amor y el deseo, es decir, de las corrientes de cariño y sensualidad. El máximo grado de enamoramiento sensual traerá consigo la máxima valoración psíquica.

Pero dos factores pueden hacer fracasar la evolución progresiva de la libido hacia ese fin. Uno de ellos es la interdicción real que se opone a la nueva elección de objeto; es decir, cuando no es posible elegir o cuando no cabe elegir nada satisfactorio. El otro es el grado de atracción ejercido por los objetos infantiles.

Cuando estos factores poseen energía suficiente la libido se aparta de la realidad, es acogida por la fantasía, intensificando las imágenes de los primeros objetos sexuales y se fija en ellos. Pero la interdicción del incesto obliga a la libido, orientada a tales objetos, a permanecer en lo inconsciente.

La impotencia psíquica, que explica tanto la impotencia en el hombre como la frigidez, obliga a eludir toda aproximación a la corriente cariñosa, lo que supone una considerable limitación de la elección de objeto. La corriente sensual buscará tan sólo objetos que no despierten el recuerdo de los incestuosos prohibidos, y la impresión de las mujeres cuyas cualidades podrían inspirarle una valoración alta no se resuelve en excitación sensual, sino en cariño eróticamente ineficaz.

La vida erótica permanece así disociada en dos direcciones: si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla. Son incapaces de mantener relaciones sexuales con objetos amorosos que les recuerde en algún rasgo los objetos incestuosos; y buscan objetos a los que no necesitan amar, para mantener alejada la sensualidad de la corriente amorosa.

Los sujetos que padecen la disociación erótica se acogen a la degradación psíquica del objeto sexual. Aquellas personas en quienes las corrientes cariñosa y sensual no han confluido debidamente viven, por lo general, una vida sexual poco refinada. Perduran en ella fines sexuales perversos, cuyo incumplimiento es percibido como una sensible disminución de placer (impotencia fetichista).

En el impotente, podemos decir que ama a su pareja en torno a la imagen de la madre nutriz, es decir, su objeto amoroso ya de por sí y por definición para él, estará interdicto, es decir, prohibido, de manera que todo encuentro con dicho objeto de amor, en lo real inconsciente será causa de conflicto para él mismo, pues por definición y por ley, hay un goce que al niño-adulto le está prohibido.

La frigidez es la imposibilidad por parte de la mujer de llegar al orgasmo durante el coito. La frigidez puede ser síntoma de una histeria. El deseo de la histérica es mantener su deseo insatisfecho. No es que no desee, desea eso: mantener el deseo insatisfecho. En la histeria es típica la seducción hasta llevar a la pareja al borde de la cama, y cuando está allí se pregunta: ¿pero qué hacemos aquí desnudos? Para ella todo el juego se termina en la seducción, en sentirse causa del deseo del otro.

Esta alteración, se soporta por las mujeres mejor que la impotencia por los hombres. Esto es porque hay un goce en la frigidez, que no lo hay en la impotencia. Es decir, ella está cómoda en la posición de ser causa del deseo de él: no le importa tanto gozar ella, o podemos decir que el goce de ella es que él goce.

La represión sexual a la que ha sido durante siglos sometida la mujer contribuye en parte a la frigidez. Socialmente tampoco está bien visto que la mujer desee. Si él desea, es un "machote", si ella desea, es una casquivana. Esta misma represión sexual, ha sido responsable también de que ella haya figurado menos hasta el siglo XX-XXI en las producciones científicas, literarias.

Al reprimir la sexualidad, se reprime también el pensamiento. Podríamos, entonces, hablar de una frigidez mental. "No le entran.... las ideas en la cabeza". Es curioso, porque la palabra estrecha, que se utiliza para denominar a las mujeres con poca accesibilidad sexual, hace también alusión a la estrechez vaginal, y también se dice "estrecha de mente", como "mente cerrada", o que no está abierta a nuevas ideas. Son todas metáforas sexuales.

Es frígida porque le cuesta ponerse en posición de deseante. Él es el que desea, y ella el objeto de su amor.

El psicoanálisis nos dice además, que en el encuentro sexual, no se goza del cuerpo del otro, aunque pueda parecer así, se goza del propio cuerpo, por intermedio del cuerpo del otro, de la pareja. Podríamos decir entonces, que es el hombre el que le da a la mujer la vagina, el que le permite a ella gozar de su cuerpo, y es la mujer la que le da al hombre el pene, la que le permite a él gozar de su cuerpo. Por eso, en toda impotencia o en toda frigidez, además, está en juego para quién es el síntoma, a quién se le ofrece como ofrenda, en este caso el perjudicado es la pareja sexual, está por tanto en juego la intención inconsciente de "molestar" al partenaire sexual.

El cuerpo es una construcción, nuestro cuerpo no es exclusivamente lo que vemos con nuestros ojos. La frígida, no tiene vagina, no tiene agujero, aunque anatómicamente, lo tenga.

Negar el cuerpo, lo enferma. En este caso, ella -la frígida- niega la existencia de la vagina, para negar la diferencia sexual.

No debemos limitar a la esfera genital las perturbaciones del eyaculador precoz. Suelen ser una posición, que lleva al sujeto a que cuando realiza una tarea, lo único que está deseando es terminar lo que está haciendo, no le interesa verdaderamente hacer la tarea, sino "quitársela de encima", se trate de lo que se trate, sea una conversación, un trabajo o una relación sexual, en vez de "estar en lo que está", quiere terminar lo antes posible. Por tanto, un eyaculador precoz, puede no tener síntomas en su genitalidad, pero los tiene en el resto de sus actos, si no consulta, posiblemente, terminará teniendo síntomas en la esfera de las relaciones genitales también.

Ante la intensa corriente de opinión que propugna actualmente la necesidad de una reforma de la vida sexual, no será inútil recordar que la investigación psicoanalítica no sigue tendencia alguna. Su único fin es descubrir los factores que se ocultan detrás de los fenómenos manifiestos.

Habremos de sospechar en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción... En primer lugar, a consecuencia del desdoblamiento de la elección de objeto y de la creación intermedia de la barrera contra el incesto, el objeto definitivo del instinto sexual no es nunca el primitivo, sino tan sólo un subrogado suyo.

El pasaje del autoerotismo al amor de objeto, y a la sexualidad, considerada «normal», requiere la fusión de las corrientes tierna y sensual, que por estar sobredeterminada por lo inconsciente, esta fusión será siempre fallida, insuficiente, errónea. De esta manera es probable que estas corrientes permanezcan escindidas, y cada una quede, más o menos vuelta hacia los objetos incestuosos infantiles.

En la sexualidad humana no hay armonía.

 

Ruy J. Henríquez Garrido
Psicoanalista