EL LENGUAJE SON LAS LEYES DEL LENGUAJE

 

El lenguaje son las leyes del lenguaje. El inconsciente son las leyes de los procesos inconscientes. Que el inconsciente está estructurado como lenguaje no significa que el lenguaje sea un lengua, una manera de expresarse, una forma de hablar, aunque todas estas características, y aún otras, estén en juego en esta fórmula. Que el inconsciente está estructurado como lenguaje quiere decir que lo inconsciente tiene estructura de lenguaje, estructura significante, y que lo propiamente inconsciente son las leyes que determinan sus procesos y sus productos, es decir, las cadenas de significantes que dialogan entre sí y que producen al sujeto.

Lenguaje e inconsciente comparten los mismos mecanismos: condensación y desplazamiento, metáfora y metonimia, entendiendo 'mecanismos' en el sentido de aquello que se haya regulado por una leyes precisas. Un mecanismo funciona siempre igual, pero no siempre produce lo mismo.

Estos mecanismos no están ligados a contenido alguno. Ellos son los que producen los contenidos, los sentidos en los que no se pueden detener. La ambición por retenerlos, por fijarlos a unos contenidos precisos lleva al sujeto a enfermarse o una filosofía del lenguaje, pero no a la esencia del lenguaje.

Dar cuenta de estos procesos, reconocerlos en sus productos, no significa, sin embargo, apropiarse de una técnica, ni de una estructura formal, como pretende la lógica. No es una guía para el pensamiento correcto. Saber que en el chiste intervienen la condensación y el desplazamiento, no nos enseña a hacer buenos chistes. El pensamiento, y el chiste es una de sus formas más sociales, es inconsciente y todo intento de atraparlo en nuestras estructuras formales nos hacen perder su rastro.

Sólo el poeta, el que entrega su pensamiento a los procesos inconscientes, puede decir algo acerca de la esencia del lenguaje, en tanto que es aquel que tolera su falta de sentido, su ambición infinita de sentido. El sentido, el significado, no es lo que hace interesante al lenguaje, sino su capacidad inagotable para engendrar sentidos. Cuando el poeta no se ocupa de los sentidos, cuando los abandona, enriquece nuestra vida con nuevos sentidos. Porque no es que los sentidos carezcan de importancia, sino que no podemos quedarnos con ninguno. Cuando un poeta se queda con algún sentido, podemos decir que ha perdido la senda de la poesía y se ha convertido en un racionalista. El pensamiento poético se ha hecho opaco para él.

Los sentidos no producen significantes, porque no es en su seno en donde la combinación y la sustitución se hacen posibles. La combinación y la sustitución, que conforman el alma de la condensación y el desplazamiento, tienen lugar precisamente en la ausencia de significados. La homonimia, la similicadencia, la coincidencia en el tiempo, la ambivalencia, etc., es decir, lo más alejado de la comprensibilidad, de lo inteligible, que hacen tan confortable a los significados, es lo que permite en el chiste, en el poema o en el sueño, la sustitución de un significante por otro. Dicho de otro modo, es esta capacidad de sustitución la que hace posibles las producciones del inconsciente, llámense chistes, sueños o síntomas.

Ruy J. Henríquez Garrido
Psicoanalista