PROBLEMAS DE PAREJA

La implicación psíquica del maltratador

 

A las cruentas estadísticas del maltrato familiar, han de añadirse también las que competen a los maltratadores, la parte más señalada como culpable, pero al mismo tiempo, la menos analizada de la cuestión. Según las cifras manejadas, alrededor del 10% de los sujetos catalogados como maltratadores, se suicidan después de consumar el homicidio de sus parejas. Un porcentaje muy alto de maltratadores se entrega voluntariamente a las autoridades y otro, aún mayor, simplemente huye tras cometer el crimen.

Habría que distinguir, no obstante, entre lo que es el maltrato y lo que es el asesinato. Aunque las cifras indican que un alto porcentaje de maltratos desembocan en asesinatos, la gran mayoría de los maltratos no concluyen necesariamente con la muerte de uno de los cónyuges. Podría decirse, entonces, que el problema del llamado “maltrato de género” es más amplio que el problema de las mujeres muertas por sus parejas.

Un asesino tiene que recibir el tratamiento que la justicia tiene definido para este tipo de crímenes. Pero ¿qué ocurre con aquellos que no han llegado todavía a consumar ningún asesinato? Su tratamiento es importante para prevenir posibles homicidios, pero no puede recibir, como hasta ahora, sólo un tratamiento judicial, educativo o psicológico. Los tratamientos psicoterapéuticos desarrollados para los acusados de maltratos se han mostrado en gran medida ineficaces. La clave habría que buscarla en que, en tales tratamientos, se han tomado en cuenta sólo las condiciones morales o socio-culturales de los sujetos implicados, pero no su implicación psíquica, es decir, su implicación inconsciente en el problema.

Un sujeto que lleva a cabo un acto repetido de violencia contra su pareja, por arranques incontrolables de celos o que goza haciéndola sufrir, no es simplemente un ignorante o un machista. Uno de los argumentos que más se escucha sobre los maltratadores, es que para este tipo de violencia no existen clases sociales o niveles culturales. Esto significa que hay una sobredeterminación inconsciente, hasta ahora no considerada, que sólo el psicoanálisis es capaz de tener en cuenta.

De los testimonios recogidos sobre los casos continuados de maltratos, muchos de ellos hacen referencia a la intermitencia entre el amor y la violencia, es decir, de una ambivalencia afectiva latente en la pareja. Dicha ambivalencia afectiva, está ligada, para los sujetos neuróticos, a su objeto amoroso, que de alguna manera se ha convertido en tabú para ellos, implicando simultáneamente un componente sagrado y un componente amenazante o impuro. Esta relación con el objeto amoroso tiene un carácter incestuoso que lo convierte, a un mismo tiempo, en fuente de goce inestimable y en amenaza constante de castración. Se puede decir que para estos sujetos, la mujer en general tiene un carácter tabú y, por tanto, ambivalente, y que las relaciones que establece con ella han de ser siempre de carácter incestuoso.

No se trata simplemente de un macho herido en su sensibilidad por la supuesta libertad de la mujer, o de un macho dominante defendiendo lo que considera suyo. Se trata de un asunto mucho más complejo. Los celos, componente normal de la vida anímica y afectiva de todo sujeto, suponen en los maltratadores una escala de grados anormalmente intensa que van desde los celos concurrentes o normales, hasta los celos delirantes, pasando por los celos proyectados.

En cada uno de estos estratos, se juega en el celoso un componente homosexual que cuestiona inconscientemente al sujeto y que le hace atribuir a su pareja, por intolerable, su propio deseo en juego. Muchos sujetos lo experimentan así de un modo bisexual, apareciendo como causa eficiente de su intensificación en el hombre, además del dolor por la pérdida de la mujer amada y el odio contra el rival masculino, la tristeza por la pérdida del hombre inconscientemente amado y el odio contra la mujer considerada como rival. Los denominados celos proyectados, nacen, tanto en el hombre como en la mujer, de las propias infidelidades del sujeto o del impulso a cometerlas, que al reprimirse se hacen inconscientes.

El mismo sujeto puede padecer, con variable intensidad, los distintos tipos de celos mencionados. Es lo que sucede en los celos delirantes, que también nacen de tendencias reprimidas a la infidelidad, si bien los objetos de las fantasías son de carácter homosexual. Los celos delirantes corresponden a una homosexualidad y ocupan un lugar entre las formas clásicas de la paranoia. Como tentativa de defensa contra un poderoso impulso homosexual podrían ser descritos (en el hombre) por medio de la siguiente fórmula: No soy yo quien le ama, es ella.

Junto a la degradación del objeto erótico, como elemento en juego de las relaciones de los sujetos implicados, se haya también presente tanto el sadismo como el masoquismo. Instancias ambas, presentes en la composición de anímica de todo sujeto. La agresividad, necesaria en diferentes medidas en prácticamente cualquier actividad humana, incluido el mismo coito, constituye en el maltratador una sobrecarga de intensidad asociada, no con una infancia de maltratos, como se cree, sino con una fase de la sexualidad infantil en la que el sujeto se haya estancado. Las teorías sexuales infantiles de la fase sádico-anal, constituyen para estos sujetos la única concepción que tienen de la sexualidad. No se trata de sujetos enfermos o degenerados, sino de sujetos cuya libido está detenida en una forma primitiva de gozar.

Está comprobado que la única ayuda eficaz en la mayoría de los casos de violencia doméstica es el psicoanálisis. Consulte sobre su caso, no deje al tiempo la solución de sus problemas.

Ruy J. Henríquez Garrido
Psicoanalista