FACTORES PSÍQUICOS CONCURRENTES EN LA OBESIDAD

 

Las circunstancias sociales han cambiado y ya no está bien visto el exceso de peso, sin embargo, en las frases populares el imaginario colectivo sigue asociando la gordura con la prosperidad (“tocarte el gordo”, “una perra gorda”, “época de vacas gordas”, “estar sin gorda”, “ganar unos kilos”) y lo importante (“armarse la gorda”, “algo gordo”).

El lenguaje popular recoge siempre, en sus innumerables frases cotidianas, una cuota de verdad humana, pues desde el principio, para el sujeto, hambre y amor están unidos. En el seno de la madre, fuente del primer alimento que recibimos al nacer, confluyen tanto el amor como el alimento. De este modo, dice Freud, “los usos del lenguaje han tomado de esta fase oral la sexualidad de determinados giros y califican así de «apetitoso» a un objeto erótico o de «dulce» a la persona amada”.

El desarrollo de la sexualidad humana tiene como apoyo, una de las grandes funciones que sirven a la conservación de la vida: la alimentación. La satisfacción erógena aparece de este modo asociada con la satisfacción del hambre. Cuando se ve al niño saciado, una vez se le ha retirado el pecho de la madre, dice Freud, “con las mejillas enrojecidas y una bienaventurada sonrisa, para caer en seguida en un profundo sueño, hemos de reconocer en este cuadro el modelo y la expresión de la satisfacción sexual que el sujeto conocerá más tarde”.

La búsqueda de la repetición del goce que ha dejado la primera satisfacción, hace que la satisfacción sexual se separe e independice de la necesidad de satisfacer el apetito, haciéndose autoerótico al elegir un órgano de su propio cuerpo (el dedo, por ejemplo) para la succión. Esto supone que los labios, en la operación del chupeteo, se erogenizan. Precisamente, en el acto de la succión productora de placer se pueden observar “los tres caracteres esenciales de una manifestación sexual infantil, que apoyada en alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica, y su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena”.

En “El desarrollo de la función sexual”, Freud nos dice que “la boca es, a partir del nacimiento, el primer órgano que aparece como zona erógena y que plantea al psiquismo exigencias libidinales. Primero, toda actividad psíquica está centrada en la satisfacción de las necesidades de esa zona... El chupeteo del niño, actividad en la que éste persiste con obstinación, es la manifestación más precoz de un impulso hacia la satisfacción que, si bien originado en la ingestión alimentaria y estimulado por ésta, tiende a alcanzar el placer independientemente de la nutrición, de modo que podemos y debemos considerarlo sexual.”

Es sabido que el sujeto no abandona fácilmente aquellos lugares donde alguna vez ha encontrado satisfacción y goce. Cuando las circunstancias concretas de la vida infringen al sujeto un duro correctivo y ve dificultada la satisfacción inmediata de sus pretensiones, en ocasiones prefiere retornar a modos previos de goce en los que su libido, antaño, había encontrado plena satisfacción. Precisamente, una de las características más destacadas de las afecciones que incluyen trastornos alimentarios, como la anorexia o la bulimia, consiste en la regresión a estados previos de la organización genital infantil.

Los caminos que van desde las grandes funciones hasta la sexualidad, son caminos de influjo recíproco. Si la alimentación es una fuente de excitación sexual se puede decir con Freud “que todos los caminos de enlace que nos conducen a la sexualidad partiendo de otras funciones pueden ser recorridos también en sentido inverso. Si, por ejemplo, la dualidad de funciones de la zona labial es el fundamento de que en la alimentación surja simultáneamente una satisfacción sexual, el mismo factor nos permitiría también llegar a la comprensión de las perturbaciones de las funciones alimenticias cuando las funciones erógenas de la zona común estén perturbadas”.

Si tenemos en cuenta la duplicidad de funciones de la zona labial y la influencia recíproca entre ambos caminos, el sexual y el de la alimentación, podremos entender cuestiones que están en juego en la obesidad y que sin ellas resultan enigmáticas e incomprensibles. Las represiones llevadas a cabo en el orden sexual se extenderán, perturbándola, a la pulsión de la alimentación.

Esta situación se presenta también en otras funciones como la visión, las funciones ambulatorias, etc. El cuerpo humano es un cuerpo pulsional, atravesado y alterado por el lenguaje. La sexualidad humana, comprendida en su sentido más amplio, supera los bordes restringidos de la genitalidad y abarca todo aquello que en el sujeto está tocado por la palabra. En este sentido, Freud nos acerca a la cuestión cuando afirma que “Los instintos sexuales y los del yo tienen a su disposición los mismos órganos y sistemas orgánicos. El placer sexual no se enlaza exclusivamente con la función de los genitales. La boca sirve para besar tanto como para comer o para la expresión verbal, y los ojos no perciben tan sólo las modificaciones del mundo exterior importantes para la conservación de la vida, sino también aquellas cualidades de los objetos que los elevan a la categoría de objetos de la elección erótica, o sea sus «encantos»”.

Es precisamente esta complejidad la que tenemos que tener en cuenta cuando tratamos con nuestros pacientes. En los sujetos aquejados por trastornos alimentarios como la obesidad, la múltiple función de los órganos corporales son el escenario de un conflicto que rebela la dificultad de “servir bien simultáneamente a dos señores. Cuanto más estrecha relación adquiere uno de estos órganos de doble función con uno de los grandes instintos, más se rehúsa al otro. Este peligro tiene ya que conducir a consecuencias patológicas al surgir un conflicto entre los dos instintos fundamentales y proceder el yo a una represión del instinto sexual parcial correspondiente”.

En el análisis del caso de alguien que presenta síntomas de obesidad y de sobrepeso tenemos que considerar la posibilidad de que el núcleo de la afección del sujeto puede estar en otro lugar distinto al que señala su IMC, pues lo que está en juego en todos los casos es la sexualidad del sujeto, una manera concreta de gozar. La sintomatología de algunas neurosis, como señala Freud, derivadas “de las perturbaciones de los procesos sexuales se manifiesta en la perturbación de otras funciones físicas no sexuales, y esta influencia, hasta ahora incomprensible, se hace menos misteriosa cuando no representa más que la parte correspondiente en sentido opuesto a las influencias, entre las cuales se halla la producción de la excitación sexual. Los mismos caminos por los que las perturbaciones sexuales se extienden a las restantes funciones físicas tienen también que servir a otras funciones importantes en estados normales. Por estos mismos caminos tienen que tener lugar la orientación del instinto sexual; esto es, la sublimación de la sexualidad”.

La definición que de la obesidad suele ofrecerse, como la acumulación exagerada de recursos sin un gasto equivalente, es decir, como el desequilibrio entre las calorías consumidas y las calorías gastadas, bien podría servir para concebir que algunos sujetos sin ser obesos físicamente, pueden padecer de síntomas de obesidad psíquica. Una ambición desmedida acompañada por una escasa capacidad de trabajo, es un ejemplo claro de obesidad de este tipo. Como dice Menassa: “Son gordos del alma. No tienen dinero pero sí ambiciones.”

 

Ruy J. Henríquez Garrido
Psicoanalista